sábado, 31 de diciembre de 2016

EL PRÍNCIPE DE LA CASA



No tengo control del tiempo, pero por la actitud de mis dueños intuyo que de nuevo hay que celebrar esa fiesta llena de luces, personas y regalos fugaces: la Navidad. Hoy el Príncipe de la casa, como así llaman a un hombre diminuto en comparación con los otros dos, está montando el árbol.

            Por las noches solemos cenar todos en familia. Yo espero debajo de la mesa la caída de algún chusco de pan mojado en salsa o cualquier otra cosa. Ese pienso del cuenco es bastante insípido en comparación con los manjares humanos. Durante la misma, papá y mamá como así los llama el ser diminuto, hablan de unos Reyes mágicos que viven lejos y que van a hacer un camino muy largo para traerle regalos al Príncipe de la casa, pero que este año serán regalos más económicos porque por lo visto, estos Reyes están pasando apuros. Mientras, la tele está encendida y el Príncipe parece fascinado con todo lo que en ella se dice. A todo responde: “quiero eso, mamá”, “¿crees que los Reyes me lo traerán?”, etcétera.

            Cuando hay que acostar al Príncipe, papá y mamá se quedan en el salón, sacan montones de papeles a los que llaman “facturas” y discuten. “No podemos comprarle eso, es muy caro”; “¿Has visto lo que hemos gastado en teléfono este mes?”; “Claro, si no llamaras a tu hermana al extranjero…”. A mí me parece que papá y mamá son muy raros, porque durante el día dicen constantemente que es la época más feliz del año, pero por las noches gritan en susurros todo tipo de reproches. Que si me han recortado el sueldo, que si hay que privarse de ciertos gastos, que si apaga la calefacción…Ayer mismo dijeron: “Hay que comprarle un pienso más barato a Ron”. Y claro, yo pensé que por qué no podía yo pedir cosas como el Príncipe de la casa. ¿Por qué era yo el que tenía que sacrificarme?

            En fin, yo lo que más quiero es salir a la calle aunque haga frío. Y correr. Y saltar. ¡Ah! Y oler algunos perros. Pero, cuando papá me saca a pasear le da por reprocharme a mí también cosas: “Estoy harto de esta familia”, “nadie me comprende”, “a veces no sé que he hecho con mi vida”, “suerte que tienes Ron de conformarte con comer y oler culos”. Entiendo yo que papá no es muy feliz. Pero tampoco lo es mamá, que cuando papá no está en casa murmulla entre dientes “seguro que está en el bar”, “vendrá borracho otra vez y quejándose por todo…”.

            Lo cierto es que a todos les tengo en alta estima: me dan cobijo, cariño y comida, ¿quién podría pedir más? Me gustaría que estuvieran más contentos y no tuvieran tantos cambios de humor. Mañana es ya 6 de enero y el árbol está plagado de regalos. El Príncipe de la casa no quería irse a dormir porque vienen los Reyes en camello y quiere conocerlos. A mí me aterra la posibilidad de encontrarme a camellos en esta casa tan pequeña, ¿cómo cabrán por la puerta? No lo sé, pero bueno, tampoco importa, me han dejado leche y galletas en la mesa para que me las coma.

            “¡Mamá, mamá! ¡Papá!” se apresura con los primeros rayos de luz a gritar el ser diminuto. “Mirad cuantos regalos”. Papá y mamá se despiertan y todos nos reunimos en el salón. Y de repente, nadie habla de reproches, todos sonríen y son felices cuando el Príncipe de la casa abre sus regalos. Incluso a mí esos Reyes invisibles me dejan alguna pelota nueva con la que jugar. Papá y mamá sonríen y se abrazan y jugamos todos juntos, sin importar nada más.

lunes, 7 de noviembre de 2016

NECESIDAD DE CONTROL



No hay duda de que la política ha cambiado. Queremos decir entonces que la economía ha cambiado. En el siglo pasado, en una sociedad de manufacturas, era casi normal la sustentación de ciertas políticas que protegieran al trabajador en tanto y cuanto era un potencial consumidor de los propios productos manufacturados. En ese sentido, la sociedad seguía funcionando a nivel local, las políticas y sus efectos se retroalimentaban a sí mismas. Era de interés, por lo tanto, que existiera un Estado del bienestar, debido a que era necesario que hubiera consumidores que tuvieran ingresos para comprar productos.
Hubo un momento en el que comenzó a ser posible ganar más dinero, o un dinero similar, en operaciones especulativas, en operaciones sobre el propio dinero, que en la propia producción de manufacturas. Es decir, era posible una ampliación del propio capital de las empresas de manufacturas si éstas dedicaban cierto esfuerzo de capital a operar en este tipo de operaciones. Por ello, los bancos, cajas y demás entidades de inversión han ido convirtiéndose en núcleo de la sociedad empresarial, por ser capaces de obtener un beneficio sin necesidad de producir un objeto. En este sentido, es casi natural que las sociedades hayan ido adoptando políticas más alejadas del interés común, teniendo en cuenta que no es necesario el consumo de un producto para la existencia de un beneficio. Es obligatoria una necesidad de consumo para obtener ciertos bienes u objetos, pero debido a que los consumidores no van a ser educados en un consumo racional, sino disparatado, lo normal es que las personas acaben viviendo del crédito bancario. Tanto es así que no es raro que haya solicitudes de crédito para pagar otros créditos, lo cual es incluso positivo para estas empresas bancarias, que lo que hacen es transferirse una deuda, pero no obviemos que su activo necesario es la propia necesidad de deuda. En definitiva, el dinero es más virtual que real. No es posible que los ciudadanos dispongan todos a la vez del montante total de su dinero, porque en definitiva, no existe como materia sino como fluido.
Podríamos pensar que si la política tuviera algo de política, lo normal es que elaborara leyes que controlaran o limitaran este tipo de comportamientos. En sentido contrario, más bien la política ha venido siendo lo mismo: efectúa su legislación y sus decisiones en base a los intereses de las multinacionales. Pero esto sucede como algo normal, no como un maquiavélico plan que ha venido a destruir la democracia. Mientras sigamos usándolo de ese modo de manera argumentativa, seguirá siendo del todo inútil.
Pero, entonces, ¿qué cambió en la sociedad de los años 60 del pasado siglo a la sociedad de, por ejemplo, los 80 o 90? El auge de la publicidad. La publicidad se convirtió en una industria propia y no en un propio sector de la empresa dedicada al marketing. Cuanto más fue la accesibilidad de la población a los medios de comunicación, en especial a la adquisición de un televisor, mayor fue la industria de la publicidad. Tener un televisor en casa fue esencial como símbolo de progreso social, tanto como ahora es algo totalmente normal. Sin embargo, no tenemos que irnos tan atrás para ver hasta qué punto los cambios en la sociedad son creados a través de una necesidad comercial (creada). Si vamos al año 2010, veremos como la mayoría de empresas de telefonía ofrecían un teléfono inteligente gratuito por la renovación del contrato o por el cambio de compañía. Algo que duró aproximadamente hasta 2012 cuando el uso de este tipo de teléfonos era total. De esta manera, ya no era necesario estar en nuestras casas para recibir información constante, sino que la podíamos hacer portable y accesible a todas horas. Creada una necesidad en los hábitos, el consumo de estos teléfonos sería un negocio seguro, y probablemente, la necesidad de novedad haría que los terminales fueran cada vez mejores en prestaciones y menores en duración. Basta con analizar cuántos terminales hemos tenido cada uno desde 2010 o 2011 y cuantos habíamos tenido anteriormente.
Lo que no era probablemente esperado es que en un principio la intercomunicación total creara nuevas redes de sociabilidad entre las personas y se aumentara su uso. Tanto es así que la mayoría de movimientos ciudadanos fueron convocados, creados y organizados desde internet, de manera tan masiva que se escapaba al control. La información fluía de manera más rápida y privada, algo que colisionaba con los canales institucionalmente válidos de información. Habían promocionado un ágora sin darse cuenta.
Puesto que cualquier tipo de prohibición explícita es contraria a las bases de nuestras sociedades, lo único que tuvieron que hacer es dar espacio en los medios institucionales a las propias comunidades que estaban surgiendo. En cuanto decidieran institucionalizarse, morirían de éxito (y si no recordemos que las primeras veces que Pablo Iglesias apareció en televisión fue en Intereconomía). Durante ese transcurso, tenían el tiempo necesario para adaptarse a las nuevas formas y redes de información. En el momento en que lo hubieran hecho las clases dominantes, significaría que lo habría hecho todo el mundo. Esto quiere decir que probablemente las comunidades de información y reunión pasarían a ser propiamente simple información que discurre. Bastaría decir que la creación de diarios informativos virtuales proinstitucionales es desde hace dos años, masiva. Tan masiva como lo eran las plataformas y asociaciones que se estaban forjando anteriormente. Y, una vez institucionalizada una fuerza que se disgregaba en innumerables grupos que reclamaban cada uno su proclama en Podemos, el espacio institucional vacío que creaba la desconexión entre la población y la política era naturalmente rellenado. Aunque parezca mentira, no queda tan lejana la estampa de las imágenes y las porras de los antidisturbios metiéndose en el Metro a buscar manifestantes.
Para mostrar en evidencia todas estas elucubraciones, basta con leer que el gobierno de México decidió no hace mucho regalar 10 millones de televisores a la población que no pueda hacer frente al apagón analógico (http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/25/actualidad/1422153958_948285.html).
A partir de aquí, cada uno es libre de juzgar, o de acudir al bolsillo para consultar el Facebook, o buscar el mando para encender el televisor…

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL MITO DEL PUEBLO (I)



Aunque existe en nuestros hábitos cierta manía de no llamar a las cosas por su nombre, no resulta de ello que no parezca en esta nuestra época que las categorías que componen la sociedad se están deshilachando. Hay muchas ideas clave que ya yacen como caducas en lo que antes eran consideradas como realidades de hecho tales como ciudadano, nación o en el caso que vamos a tratar a continuación, pueblo.
Estamos introducidos en el meollo de un proceso histórico que ha venido a denominarse globalización, que viene a ser muy resumidamente, la colonización mercantil de los usos y costumbres de los habitantes de la Tierra. La desigualdad que produce este proceso, que ha convertido la Tierra en una gran nación capitalista ha producido los movimientos migratorios incesantes por necesidad como consecuencia de la no descolonización de África, Asia y América. Este es uno de los motivos más acuciantes por los que la idea de nación como sustentadora de todas las otras ideas metafísicas que soportan la cúspide de una pirámide representada por el Estado ha ido menguando en su contundencia discursiva. La nación, a través de categorías como el pueblo, las clases sociales (y su lucha), la ciudadanía, la soberanía,…se ha convertido en un instrumento que en asociación con otras naciones ha creado instituciones metaestatales donde se producen las luchas de poder y las decisiones que se imponen a los gobiernos que emanan, teóricamente, de todas esas categorías metafísicas a las que aludíamos recientemente.
Es a partir de esa decisión de crear una Europa como sujeto político que se ve menguada la concepción de soberanía nacional en tanto y cuanto las diferentes naciones han oficializado su pertenencia a una estructura superior nunca antes conocida. Desde esas metaestructuras supraestatales se dirigen las políticas y decisiones que toman cada uno de los brazos que se extienden en el cuerpo de una araña cuyas patas tienen la finalidad de ir hacia donde a cada una más le plazca. Por ello, una vez el cuerpo político ha sido transferido de la ciudadanía a Europa, Europa ha aniquilado la idea de soberanía nacional, idea madre de los conceptos de ciudadanía y pueblo.
El término “ciudadano” tiene connotaciones de pertenencia a una comunidad en su sentido más teológico, cuando en realidad, un ciudadano europeo no tiene porqué ser nacido en Europa, basta con que sea un habitante del planeta que con su fuerza de trabajo debidamente oficializada mediante documentos burocráticos pruebe que es capaz de subsistir en el territorio. De esta manera, las fronteras existen a ras del suelo, pero por avión cualquiera que pueda permitirse pagar un billete, es más o menos bienvenido. Básicamente, porque la pobreza siempre entra andando o nadando y nunca por cauces institucionales.
Por otro lado, la deconstrucción del término “pueblo” no es ajena a esta situación ya que desde las ideas burguesas el pueblo era una idea con bastantes connotaciones endogámicas. Rompiéndose esto, el término “pueblo” ha venido a referirse a los “ciudadanos humildes”, constatando la existencia de otro que connaturalmente al modelo de sociedad no lo es, vive aparte, domina. Sin embargo, esa crisis de identidad no se resuelve con el intercambio cultural o la hospitalidad de quien recibe un huésped ni con la rebelión a ese otro que domina, pues más bien se debate entre la disolución de la ciudadanía o la reafirmación de una identidad racial pura ya no entre naciones europeas (2ª Guerra Mundial), sino desde lo occidental como nueva raza respecto a lo demás. De ahí que un sistema de bloques era un contexto que dividía un cuerpo en dos, ahora hay un cuerpo que ha constituido en sí mismo como agente uniforme todo lo diferente como usurpador contagioso de esa nueva identidad supranacional con la que se identifican los europeos. Por tanto, cuanto más extraño sea ese otro y más amenazante, más ocurrirá que el pueblo se diluya y se adscriba a esa identidad superior que supone la idea de comunidad europea. Y, por tanto, se olvide de las verdaderas condiciones de base que impone el modelo de sociedad vigente que causan los problemas socioeconómicos que afectan a sus habitantes y que, por la necesidad de tomar decisiones cada vez más represivas y contrarias a los propios principios que han conformado la sociedad de gobiernos representativos, nunca acabará la crisis coyuntural por solucionarse, pues confirmaría que no habría razón para no recuperar lo que según el discurso oficial era inevitable perder por la situación que estábamos viviendo.
El pueblo como tal se ha sometido a esta especie de política darwinista que ya se clamaba antes de la segunda gran guerra, en una atomización de los individuos que al no identificarse en una comunidad total tal como la religión o la patria, ha acabado por identificarse con pequeñas células como el partido político, el equipo de fútbol,…que configuran individuos que pueden hermanarse en un ámbito y enemistarse en otro, pero que en todo caso, ante una amenaza exterior siempre se unen en la defensa de esa nueva identidad conjunta europea, en defensa de una sociedad de la cual, a pesar de estos últimos ocho años, todavía no nos damos cuenta de sus consecuencias.